
Durante años nos vendieron la idea de que hacer muchas cosas a la vez era sinónimo de productividad. Que quien podía responder mensajes mientras cocinaba, atender una videollamada mientras armaba un informe o escuchar un podcast sobre liderazgo mientras se duchaba, estaba “aprovechando el tiempo”. Pero en algún punto, esa supuesta optimización dejó de ser eficaz y empezó a pasarnos factura.
La hiperconectividad y la sobreexigencia cotidiana han instalado una forma de estar en el mundo donde no hay pausas verdaderas. Todo parece urgente, todo reclama atención. Y aunque parezca que respondemos a esas demandas con eficacia, el cuerpo y la mente empiezan a mostrar señales de desgaste mucho antes de que podamos registrarlo conscientemente.
La ilusión de estar al día
Una de las trampas más comunes del multitasking es hacernos sentir que estamos avanzando, cuando en realidad estamos fragmentando nuestra atención. En lugar de estar realmente presentes en una tarea, repartimos energía entre varias, lo que reduce la calidad de nuestro foco y, a largo plazo, afecta nuestra claridad mental.
Esta sensación constante de “estar atrás” alimenta un estado de estrés latente. Sentimos que no llegamos, que no rendimos lo suficiente, que siempre queda algo pendiente. Y cuando el cuerpo se acostumbra a operar desde esa tensión, se instala una modalidad de funcionamiento que termina por volverse crónica.
Síntomas que solemos ignorar (pero no desaparecen)

No siempre es evidente que estamos en un estado de sobrecarga. A veces el estrés no se presenta como un ataque repentino, sino como una incomodidad constante: tensión muscular, insomnio, irritabilidad, dificultad para concentrarse, sensación de fatiga sin causa aparente. Son síntomas difusos que muchas veces se atribuyen al cansancio o al ritmo “normal” de la vida adulta.
Sin embargo, cuando estos signos persisten, es una señal clara de que el sistema está saturado. El multitasking permanente no solo agota, sino que impide la recuperación. Y sin espacios reales de descanso mental, el estrés encuentra terreno fértil para asentarse.
A nivel fisiológico, estar en alerta porque un tigre nos persigue o porque tenemos ocho cosas por resolver antes de mediodía, genera respuestas similares. El cuerpo libera cortisol, la respiración se acelera, los músculos se tensan. La diferencia es que, en la vida moderna, esa sensación de amenaza no tiene fin. No desaparece. Se prolonga a lo largo del día, incluso cuando estamos en reposo.
Esto genera un desequilibrio que afecta múltiples sistemas: el inmunológico, el digestivo, el hormonal. Y lo que empieza como una sobrecarga funcional termina, muchas veces, en cuadros más complejos si no se interviene a tiempo.
Más que productividad, autocuidado

Cuestionar el multitasking no implica dejar de hacer cosas. Pero sí es una invitación a revisar cómo las hacemos, con qué grado de conciencia, y a qué costo. El verdadero bienestar no se construye solo en los momentos de descanso programado, sino en la forma en que transcurre el día a día.
Incorporar micro pausas, evitar la sobreexposición a pantallas, organizar las tareas según prioridad y dejar espacios entre una y otra, puede parecer básico, pero tiene efectos profundos. Y sobre todo, es una forma de decirnos a nosotras mismas que no todo debe ser inmediato, que el cuerpo no es una máquina y que merecemos funcionar desde un lugar más amable.
En ese camino hacia un ritmo más sostenible, muchas personas se apoyan en distintas estrategias. Algunas buscan espacios de terapia, otras se acercan a la meditación o a la escritura como forma de descarga emocional. También hay quienes recurren a técnicas de respiración, caminatas conscientes o simplemente a establecer límites más claros con su entorno.
En paralelo, algunas mujeres optan por sumar herramientas complementarias para calmar al sistema nervioso sin recurrir a tratamientos invasivos. En ese contexto, muchas han encontrado alivio temporal y puntual en pastillas para el estrés, siempre como parte de un enfoque más amplio que también contempla cambios de hábitos y revisión del estilo de vida.
Volver a una sola cosa por vez
Recuperar el foco no es solo una cuestión de rendimiento, sino también de salud mental. Hacer una cosa por vez, estar presentes en lo que ocurre, dar espacio al silencio, elegir en qué poner la atención. Todas estas son formas de protegernos de un estrés que, muchas veces, no nace de un gran problema, sino de la acumulación constante de estímulos menores.
Volver a lo simple no es retroceder. Es, en muchos casos, una manera de avanzar con mayor conciencia. De vivir menos desbordadas. De entender que la vida no se trata de tachar pendientes, sino de habitar lo que hacemos sin perdernos en el intento.
El estrés no siempre grita, pero siempre avisa. Puede sentirse como un nudo en el estómago, una tensión en la mandíbula, una fatiga que no cede ni con descanso. A veces se disfraza de olvido, de impaciencia, de una respiración entrecortada sin razón aparente.
El multitasking constante puede parecer útil, pero muchas veces esconde una desconexión profunda. Y el estrés, más que un enemigo, es una señal. Una advertencia silenciosa que, si aprendemos a reconocer a tiempo, puede ayudarnos a reconstruir otra forma de estar.
Porque al final, se trata de volver a nosotras. A ese lugar donde no hace falta correr todo el tiempo para sentir que estamos vivas.






